La ciudad imperial de Marrakech, fundada en 1062 por los almorávides, antigua capital del imperio islámico, queda dividida en dos partes: la zona de la medina y la zona nueva.

Los imprescindibles

La Plaza Jemaa el Fna

Lo más vibrante de la ciudad es su concurrida medina, especialmente la famosa plaza Jemaa el Fna, en la que podemos encontrar de todo: desde puestecitos de comida, de zumos naturales, de especias, de souvenirs y artesanía, a animales exóticos como las famosas cobras, que se alzan hipnotizadas al son de sus amos que buscan desesperadamente la recompensa de cualquier turista que mire su espectáculo; o incluso divertidos monos que también ansían su propina, juegos de entretenimiento locales, bailes, boxeadores amateur… Puedes pasarte el día simplemente paseando y observando a la gente. De hecho, hay varios bares con espectaculares vistas de la plaza que valen la pena. Nosotros fuimos al Grand Balcon du Café Grassier que es especialmente cutre y realmente hecho para que los turistas observen la plaza, pero el té con menta está bastante bueno y no era caro (teniendo en cuenta la ubicación y el cliente objetivo al que va destinado este bar): aprox. 1,5€. Vale la pena tanto de día como de noche; quizá el mejor momento sea al atardecer.

Es bastante complicado (por no decir imposible) no perderse dentro de la medina, pues está repleta de callejones que van cambiando poco a poco de dirección -piensas que más o menos has ido en una y probablemente estás unos 90 grados equivocado. De hecho, lo mejor es caminar sin objetivo un buen rato y cuando te canses, abrir el mapa para ubicarte, ya que si pretendes estar situado en todo momento te perderás lo más interesante de la ciudad: el ritmo de su medina. Nosotros teníamos internet por lo que era más sencillo llegar a los lugares; aún y así, nos perdíamos a veces.

Medersa Ben Youssef

Una de las visitas que nos gustó especialmente fue la Medersa Ben Youssef, una antigua escuela (madrasa) donde más de 800 estudiantes estudiaba de memoria el Corán durante el S.XIV, y que todavía hoy se encuentra en un excelente estado de conservación. Abren todos los días de 8 a 17h y se pagan unos 2€ (22 dirhams).

 

Los mercados en Marrakech, los zocos, el arte del regateo y el intento de llegar a los curtidores

Por supuesto -ya que es lo que más me gusta de las ciudades- visitamos algunos mercados, aunque la medina ya es un macromercado en sí misma.

Cerca del Palacio el Badii encontramos uno muy local y bastante pequeño, en el que entablamos conversación con un simpático vendedor de olivas y especias, entre muchos otros productos. Destacaba una extraña preparación semejante a un mentolado natural, ideal para destapar la nariz. Después de comprarle un par de tonterías (mentolado incluido), nuestro amigo nos invitó muy amablemente a tomar té con él. Además de fruta, verdura y pescado, había puestecitos repletos de gallinas vivas que iban sacrificando y despellejando con total naturalidad.

Muy cerca de éste nos adentramos en el mercado de las especias, donde pudimos ver en alguno de sus patios como los comerciantes regateaban sus productos al por mayor, ¡aunque de forma bastante silenciosa! (cosa que me sorprendió pues no es habitual el silencio en la ciudad. Habiendo presenciado la subasta de atún en Tokio, ¡di por supuesto que en Marrakech no iban a ser menos!). Los colores y olores embriagan los sentidos, aunque es importante saber regatear, pues en cada rincón te ofrecen “la mejor de las mejores” especias marroquíes…

El resto del tiempo lo dedicamos a comprar por los zocos, o al menos intentarlo. Los zocos están, como antaño, claramente divididos según la agrupación artesanal, cosa que hace más fácil la ubicación y la compra: lana, marroquinería, joyas, babuchas y cinturones, hierro, latón, cobre, carpintería, tinturas, cuero, especias, frutos secos, aceitunas… A parte de comprar, lo mejor sin duda es dejarse llevar y observar a la gente, mi pasatiempos favorito.

Tengo que decir que esto del regateo no me gusta; siempre tengo muchas dudas de si lo quiero o no, me incomoda estar pensando todo el rato cuánto quiero pagar y, no hay que olvidar que si acabas acordando un precio, es de pésima educación tirarte para atrás y no realizar la compra.

El regateo suele funcionar más o menos así: te acercas a una tienda y te hablan simpáticamente; no suelen hacer referencia directamente a ningún producto, sino que preguntan por ti, tu procedencia, tu equipo de fútbol o alguna cosa que llame tu atención. Si estás interesado en algo y preguntas por un precio hazte a la idea de que multiplicarán el mismo por tres, más o menos. Te preguntarán cuánto estás dispuesto a pagar por lo que siempre deberás decir menos de lo que realmente acabarás pagando (igual que ellos te han dicho más de lo que están dispuestos a aceptar); como orientación, puedes ofrecer una cuarta parte de lo que te han dicho. Una vez has hecho tu oferta, generalmente te dirán que es poquísimo, se reirán o harán una mueca diciéndote que has bajado mucho; al final te harán una contraoferta, especialmente si haces ver que te marchas o que entonces no lo quieres. Ahí empieza el tira y afloja: siempre ten en mente lo máximo que pagarás y nunca superes esa cantidad.

Con el paso de los días coges un poco más el ritmo. Al llegar preferí observar un poco lo que había y los precios que más o menos me sugerían, para así luego reflexionar acerca de lo que estaba dispuesta a pagar por ellos. Al día siguiente tenía las ideas más claras, por lo que no iba a pagar más de lo que tenía en mente. Acabó siendo más divertido de lo que imaginaba y volví a casa cargada de regalos de piel, especias, hierbas para hacer tés e infusiones, artículos hechos con mimbre, cremas y aceites de argán, babuchas y alguna otra cosa más.

Al norte de la medina quisimos ir a buscar los curtidores, los talleres donde se trabajan las pieles y el cuero. No está especialmente señalizado y es muy fácil perderte -se refieren como tenneries. Durante nuestra búsqueda se nos acercó un chaval que vio que íbamos mirando el mapa e intuyó que íbamos a los curtidores. Nos ofreció su ayuda y la medio aceptamos (aunque ya había leído en otro blog que toda esta situación genera una fuerte sensación de desconfianza, que sin duda sentíamos). En el caso del blog que leí ellos conseguían finalmente llegar al lugar, pero nosotros no tuvimos la misma suerte: nuestro primer “guía” intercambió unas palabras con otro grupo de chicos que también querían unirse a la búsqueda, pero después de alguna discusión entre ellos, el primero acabó recibiendo un puñetazo de otro de mayor edad (intuimos que pretendían “robarle” a sus “clientes”). La situación nos sobrecogió y preferimos darnos la vuelta y regresar al centro, por lo que no llegamos a ver los curtidores.

 

Visitas fuera de la medina y la zona nueva de Marrakech

Le Jardin Secret

Los grandes palacios o jardines suelen estar justo en las afueras de la medina, a excepción de Le Jardin Secret, un precioso jardín dentro de un palacio histórico (50dhm entrada).

El lugar que posee las mejores vistas de la ciudad, debido a que es el edificio más alto (hay una prohibición expresa a edificar por encima) es el minarete de la mezquita Koutoubia, uno de los lugares más imponentes de la ciudad. Lamentablemente no se puede visitar: a las mezquitas solamente pueden entrar musulmanes. De todas maneras es espectacular también desde fuera -la Giralda de Sevilla se inspiró en el minarete de la Koutoubia.

Algunas de las visitas que hicimos fueron:

  • Palacio el Badii: antiguo palacio en ruinas que tiene unas bonitas vistas. No está mal, pero no mata. 20 dirhams, y si quieres entrar a ver el minbar de Koutoubia tienes que pagar un extra de 20 dirhams más.
  • La Mamounia: gratuito, aunque es un hotel de lujo y si quieres visitarlo lo lógico es acabar tomando algo en su jardín; eso sí, prepara la cartera. Pagamos casi 20€ -lo mismo que habíamos gastado en el almuerzo- por un cocktail y una cerveza, aunque te lo sirven con un aperitivo riquísimo. Aún y así, vale la pena visitarlo y dar un paseo por sus jardines y alucinar con el lujo de su interior. Si la cartera no es un problema quizá puedas alojarte en él, aunque la noche cuesta entre 500-600€ los fines de semana. Entre semana, y con un poco de suerte, puedes encontrar ofertas por 400€.
  • Los Jardines de la Menara: no son de pago, excepto entrar en la zona del pabellón y la dársena. No vale mucho la pena: para mi gusto todo muy asfaltado y no especialmente cuidado.

Jardín Majorelle

Otro jardín muy conocido es el Jardín Majorelle, creación del artista con el mismo nombre, famoso por ser el creador el azul cobalto que, por supuesto, veremos muy presente en el jardín. Este rincón fue adquirido en los años 80 por Yves Saint Laurent.

En la zona nueva no hay mucho más que hacer aparte de pasear por la avenida principal, quizá comprar algo (aunque yo prefiera la medina, en esta parte se puede comprar sin cansarse regateando) y observar otro ritmo de vida. Comimos en un lugar que encontramos de pescado a buen precio: Snack Al Bahriya.

Unas de las salidas más típicas que se pueden hacer desde Marrakech y para las que hubiéramos necesitado unos días más son: Esauira -pueblo de costa muy bonito, Patrimonio de la Humanidad- y una excursión al desierto del Sahara o al Atlas, que están relativamente cerca. De todas maneras, el país tiene infinidad de lugares por ofrecer y creo que se necesitaría al menos un par de semanas para conocerlo.